
Yo hoy tenía una misión: conseguir que me firmara
El juego del Angel el señor
Carlos Ruíz Zafón (y rima
).

De entrada esto puede parecer fácil, así que he pateado rambla arriba rambla abajo buscando la paradita exclusiva que tenía. Pero todo lo que parece fácil no lo es, y resulta que el señor Carlos no estaba en la Rambla, ¿dónde andará? Pues no sé… pregunto ¿no? Y de repente un señor me manda para un sitio y otra señora para el otro y ni rastro de él (desde aquí, un abrazo muy fuerte para los dos).
Y de pronto (bueno de pronto...después de una hora buscando), ahí estaba. En una esquinita de Paseo de Gracia con Gran Vía. Él problema es que él y su jaima (con tele de plasma, decoración, seguridad y managers con ese incluidos: muy fuerte) ocupaban una esquinita sí, pero la cola de gente que

se ha levantado esta mañana con la misma misión que yo daba la vuelta a la jaima tres veces y ocupaba tooda la santa calle. He tenido un momento de duda. No sabía si iba a ver a David Bisbal. Pero no, se ve que era Zafón. Evidentemente, he pasado de hacer cola y me he quedado sin firma.
Sant Jordi es así, pero no importa, porque lo que a mi más me gusta es el camino:

Encontrarme aPunset ya había colmado mis expectativas; que digo Punset, super Punset y su siempre entrañable sonrisilla. Se ha cortado su melena aleonada (por que!) y firmaba libros bastante solitariamente. La gente, que no sabe percibir la sabiduría cuando la tiene delante.

Lo de ver a Peñafiel ha sido un accidente... me he quedado con la misma cara que el dragón intelectual de su derecha.

Para recuperarme del susto, siempre me quedará el pastel.
_____________________________________________________________
Y ahora no podía falar la VERSIÓN MEDEA 2.1 que siempre cae para San Jordi.
Y cuenta la leyenda…
… que un dragón, un enorme y feroz dragón -de esos que te apañan una barbacoa cada vez que sufren de una mala digestión- se presenta… así, sin llamarlo ni nada, a las puertas de la Vila amurallada de MontBlanc.
Nota al margen: Al caballero podéis llamarlo San Jorge o San Jordi, pero en realidad se llama Josep Lluis. La Vila y otros detalles son según la bandera bajo la que se versione el cuento y varían más que el Euribor. Para el papel de dragón nos sirve el mismo, que hay que ahorrar.
Como decía… el temible dragón, que viene con más hambre que el perro de los Chocapic, mata y engulle todo lo que encuentra a su alcance (como está mandao para cualquier dragón que se precie, sino sería un periquito). Pero como la cuestión es quejarse, y más aquí en Cataluña (¡No al trasvase!), ante el terror que el dragón impone a la Vila y a toda la comarca, el rey convoca a todo quisqui para poder tomar una sabia determinación al respecto. Se ve que el bufón de la corte le ha contado que alimentar con ovejas a un dragón es como darle una galletita a un pit bull, no cabe en ninguna cabeza (lo mismo que le dicen todos a Rajoy sobre Esperanza Aguirre).
Así que entre todos acuerdan “por sorteo” (o igual fue: a piedra, pergamino y espada o a: “que se joda la princesa y vaya ella”) abandonar a la voracidad de la bestia a la más bella doncella de la Vila (porque no se puede tener todo en la vida, bonita…) que además es precisamente la hija del rey (no, si el pueblo catalán nunca fue tonto).
Ella se despide sin vacilaciones del padre y de la gente de la Corte, no sin antes acordarse por riguroso orden de empadronamiento de la familia de cada habitante, y se marcha hacia el bosque camino de la cueva del dragón, cantando “Quién me iba a decir” de Bisbal, sin GPS, y sin ningún paparazzi de Está Pasando para inmortalizar tan maño valor. Una lástima…
Una vez allí, y tras pasar olímpicamente de Shreck, se encuentra con un joven y apuesto caballero (ya sé sabe que los bosques están repletos de montañeros, de setas, y de caballeros) llevando con él una armadura y una lanza puntiaguda (que casualidad también, salir de casa con la lanza a punto) y cabalgando un caballo blanco con increíble maestría. Sí sí, y con su cabello dorado al viento, su sonrisa Vitaldent y toda la pesca…
En aquel preciso momento (sin tiempo para intercambiarse el Messenger ni nada) ambos se dan de bruces contra el dragón, y mientras las bocanadas de fuego y los resoplidos de humo del animal atemorizan sobremanera a la princesita (en realidad no, pero lo hace ver), el joven caballero empieza a embestirlo con su lanza por los costados (para alardear y eso), pudiendo al fin herirlo debajo de su ala izquierda, justo a la altura del corazón (oh!).
Y el dragón al morir, se funde con la tierra delante de los ojos admirados de la princesa (bueno, mejor dicho alucinados, porque ella no ha visto un dragón en su vida, pero fundible menos).
Cuentan desde entonces, que en el lugar donde murió el malvado dragón nació un rosal de hermosas rosas rojas que provenían de la sangre de la bestia, con las que el caballero se ganó el corazón de la princesita (y otra vez: ohh).
Por eso amiguines y amiguinas, el día de Sant Jordi, se regala una rosa roja a las mujeres; que es una cosa muy bonita y que está muy bien, pero para el siglo XIX. Y el libro para los varones: primero en conmemoración dels Jocs Florals, después porque grandes como Cervantes, Shakespeare, o Garcilaso de la Vega decidieron abandonarnos justamente en ese día. También lo hicieron muchas grandes escritoras, pero a estas últimas las devoró otro tipo de dragón llamado olvido “selectivo”.
Para desquitarnos, tenemos varias cosas: las nuevas ministras, y la conmovedora esperanza de que los caballeros del siglo XXI, acuerden regalar libros también a las princesas de nuestros días, que haberlas haylas…
solo que en versión… 2.1.